El primero de junio de este
año (2005), Elvira Lindo comenzó su columna en El
País (titulada "El dolor"), así:
"Una inmigrante guineana
me dijo una vez con rotundidad implacable que en Guinea la gente no
padecía depresión. ¿Es que los guineanos nacen con
algún tipo de mecanismo de defensa?, le pregunté. No, me dijo, es
que no hay psiquiatras. Nada absurdo había en el razonamiento, ya que,
si bien siempre hubo cáncer aunque no existieran las terapias actuales
para atajarlo, en enfermedades de orden emocional los países ricos han
forzado tanto la máquina de la lucha contra el stress, el trauma,
la tristeza, la frustración o la simple melancolía que ya nadie
está dispuesto a tolerar la más mínima punzada en el
corazón." (...)
A la luz de esta columna, con
la que estoy muy de acuerdo (excepto por detalles como que entiendo que
cáncer tampoco había antes de los oncólogos; quiero decir,
no existía el cáncer como se vive ahora y, por lo tanto, era otra
cosa que ni siquiera llevaba ese nombre) y de mi experiencia como profesional,
me apetece compartir mi malestar frente a la práctica de la
psicología más tradicional y “normalizadora”.
Las personas suelen
llegar con mucho dolor, malestar y
confusión. Esperan que yo tenga soluciones mágicas y
rápidas. Por lo tanto, mi primera tarea es siempre ayudarles a
comprender que esa fantasía no será satisfecha; explicar que el
tipo de terapia que ofrezco es una forma de Terapia Narrativa (T.N.) y que, en
coherencia con eso, mi invitación es a que, juntas, co-autoras, podamos construir esas respuestas. Mi
trabajo será ayudarlas a recordar,
re-conocer, combinar, evaluar y probar, recursos que ya poseen, que
muchas veces han usado antes, aunque ahora crean que carecen de ellos.
Después de escuchar su
presentación del problema y asistirles en descubrir la mayor parte
posible de sus manifestaciones (a lo que en T.P. llamamos
“narración saturada del problema” o más adecuadamente
“narrativa estrecha”), comenzamos a trabajar en “el
problema”. Un primer paso, a
veces muy complejo, a veces muy sencillo, es que puedan identificar con toda la
claridad posible lo que les ha llevado a pedir ayuda.
“¿Exactamente qué te molesta? ¿Cómo
sabrás que ya no necesitas mi acompañamiento? ¿Qué
serás capaz de hacer, sentir o pensar cuando `estés
bien´?” Así, terminamos por darle un nombre al problema y
referirnos a él como algo que “ataca” a la cliente, pero que
no es parte de sí misma y que ella puede controlar (en T.N. esto se
llama “externalización”).
Lo más interesante de
esta parte del proceso, es que, muchísimas veces, lo que ella vive como
un problema, lo vive así porque “la ciencia de la
psicología” ha dicho que lo es. El poder de este discurso
psicológico desencarnado (que no tiene autor o autora conocido para enfrentar
y con quien discutir y disentir), que se presenta como “verdad” y
que parece incuestionable en tanto es aceptado por la comunidad especializada y
lega, es, en sí mismo, altamente peligroso: promueve que las personas
abdiquen de su derecho y deber de
ser las expertas en su vida y, en ocasiones, patologiza experiencias
absolutamente “normales”.
Experiencias que, en
múltiples ocasiones podrían entenderse como avances, crecimiento
o maduración, las clientes me las describen con nombres especializados
(porque han estado antes en terapia, porque han escuchado o leído sobre
psicología, porque alguien les ha explicado “de qué se
trata” lo que les sucede). Después de un divorcio -por usar un
ejemplo real- dejar de creer ciegamente en el amor romántico y no
declararse enamorada y dispuesta a comprometerse ante un buen chico que te ama
puede tener, al menos, dos lecturas. Puede ser entendido como “bloqueo
emocional” (como la persona que ejemplifica esta situación lo
hacía después de año y medio de otra terapia) o como
capacidad crítica ante instituciones sociales, madurez, conducta
inteligente y cautelosa de evaluación acerca de qué se
está dispuesta y capacitada para ofrecer a cambio de un trato amoroso y
nutricio. Probablemente haya muchas otras interpretaciones posibles de esa
misma situación. ¿Por qué, entonces, asume una persona la
definición de “bloqueo emocional” para describir su
situación? La primera tarea que emprendemos es descubrir juntas si esta
es o no la mejor definición posible para lo que vive. Si se ajusta a sus
sentimientos y pensamientos o si hay otra que parezca más acertada. En
ocasiones, el problema no se soluciona, simplemente, se disuelve al hacer la
toma de conciencia de que no existía; que el problema se ha creado al tratar
de adaptarme yo, como persona, al sistema, en lugar de cuestionar el sistema
partiendo por el respeto hacia mí misma y considerando lícito lo
que siento y pienso si no me daña ni daña a nadie.
Ejemplos como este hay
muchos. He conocido personas con más de quince años de
psicoterapia que sólo necesitaron liberarse del sentido normalizador que
en ella misma (aunque, evidentemente, no sólo en ella) habían
aprendido, para empezar a sentirse felices y capaces de gestionar su propia
vida. He visto desaparecer, “mágicamente”, ataques de pánico cuando la mujer
en cuestión ha podido conciliarse con “su locura” y
valorarla como una herramienta poderosa, efectiva y protectora cuando era
maltratada por su pareja. Una vez reconocida y valorada como estrategia sabia
de su cuerpo ha podido “darle las gracias” y decirle adiós
cuando ya no la necesitaba. Ha dejado de temer sufrir ataques de pánico
porque los ha sabido innecesarios en el presente y, al darles su lugar en el
pasado y dejar el miedo que sentía hacia ellos, los ataques han
desaparecido.
Por supuesto, las personas
seguimos sufriendo y cometiendo errores una vez terminada la terapia, pero una
de las cosas importantes de aprender durante este proceso es que el dolor es
inevitable en la vida, que no es anómalo sentirlo, que no es posible,
necesario (ni siquiera deseable, aunque así nos lo parezca en el momento
en que nos oprime) esquivarlo. Lo importante es descubrir los propios recursos
para convertir el dolor en oportunidad de crecimiento y de desarrollo personal
y no en daño. Aprender que podemos sumergirnos en el dolor y salir
fortalecidas, conociendo nuestras fuerzas para transformarlo, sin temerle y sin
desearlo. Esto no puede hacerse ni a cuenta de negar el dolor ni de
sobredimensionarlo.
Es por esta forma de entender
la psicoterapia (desde las escuelas de “Terapia Narrativa”) que,
muchas veces, siento que mi enfoque terapéutico se centra en
“ayudar a las consultantes a defenderse de la psicología”.
También por eso, prefiero autodefinirme como “bruja” (en el
antiguo sentido de la palabra, no en el mágico ni adivinatorio, claro)
que como “psicóloga” (en su amenazante sentido actual tantas
veces ligado a la idea de autoridad sobre vidas ajenas)
No consigo entender que
“los especialistas”
estemos más dispuestos a cooperar en la problematización
de una persona que en la problematización del sistema que excluye
cualquier divergencia de la “normalidad”. No comprendo que se
evalúe como más adecuado, más responsable o más
sanador “patologizar” a un ser humano y luego emprender “su
cura” que tomar conciencia de que nuestras instituciones, normas y la
sociedad en general determinan lo “normal” y consideran
anómalo todo aquello que, aún sin hacer mal a nadie, no calza con
el ideal normativo (inexistente entre las personas de carne y hueso).
¿Cómo puede ser correcto que haya especialistas para
“normalizar” a la gente (es decir, para hacerlas calzar en la
norma) en lugar de que los haya para diversificar la norma y dar cabida a toda
forma de vivir la propia humanidad que no produzca daño?
Voy a poner un ejemplo de
caricatura porque quizás sea aclarador. Si lo “normal” en
España es tener 1,3 hijos, ¿cuánto nos falta para empezar
a cortar lo sobrante del segundo que tiene una pareja? Lo “normal”
es algo inexistente, es un promedio, es una idealización y, en el caso
del número de hijos es tan claro que resulta bizarro imaginar gente
re-cortando uno de sus hijos para calzar en la “normalidad”. Sin
embargo, ya no parece tan bizarro cuestionar la salud mental de una mujer que
no tiene “instinto maternal” y no quiere tener hijos, o de otra que
“parece querer llenar sus vacíos personales y su ‘envidia
del pene’ ” teniendo un/a hij@ tras otr@. Del mismo modo, parece
perfectamente lógico que las mujeres nos matemos de hambre, pasemos por
varios cirujanos plásticos y nos neguemos la rabia para “ser
mujeres de verdad” o que los hombres repriman sus penas, respondan
agresivamente ante una ofensa o sufran por el tamaño de su pene para
“ser un hombre como tal”.
Ya sé que se puede
argumentar que “ciertas formas de vivir pueden no dañar a otros,
pero nos dañan a nosotr@s mism@s”. De acuerdo, las hay, pero
muchas de esas (no todas, pero muchas) nos dañan no por sí mismas
sino porque nos marcan como anormales. Muchas veces el dolor proviene de
“saberse anormal” más que de ningún otro lugar. Eso
es lo que considero que no podemos seguir reproduciendo. Es nuestra
responsabilidad, como “especialistas” empezar a pensar a
quién servimos y ser capaces de priorizar si nos encontramos
enfrentados; qué nos importa más: asistir personas o asistir
instituciones.
El siete del mismo mes, Rosa Montero, en su
columna en el mismo periódico, nos ofrecía su análisis de
una noticia que ejemplifica muy bien estos efectos perversos de la
psicología tradicional, “científica” y
“salva-instituciones”:
“
Más allá de que
me resulta innecesaria, aunque comprensible, la comparación con padres
maltratadotes en tanto esta situación es absurda por sí misma, el
ejemplo resulta preclaro. Si “lo malo”, “lo indeseable”
sería que el niño se habituara a la decisión de cambio de
sexo de su padre, lo contrario, lo “bueno”, “lo
deseable”, sería que no lo hiciera. Es decir, lo que “los especialistas”
(jueces, psicólogos, etc.) consideran adecuado no es que el niño
acepte a su padre y sus decisiones, que las investigue, cuestione, debata, etc.
No es que este chico pueda aprender a argumentar si las amigas y amigos se
mofan, no es que pueda invitarles a conversar con su padre y a hacerle
preguntas desde la curiosidad y la ingenuidad frente a algo nuevo. No. Lo
adecuado para este niño, según “los expertos” es que
no llegue a habituarse y que, como consecuencia, considere a su padre como
peligroso, pervertido o, al menos anormal y que, por lo tanto, le tema, le odie
al tiempo en que lo ama y disfruta el tiempo con él. En conclusión,
lo deseable para estos “especialistas” parece ser, si no entiendo
mal, que el hijo se convierta en pasto de psicólogos por una
larguísima temporada de su vida para “superar el trauma que debe
llegar a tener porque su padre ha cambiado de sexo”. A esto, exactamente,
es a lo que me refiero cuando me posiciono “contra la psicología normalizadora”.
Flavia Limone Reina