Flavia
Regresando del instituto
volvió a pasar frente de la cristalera
del café Mauri. Como siempre, se detuvo y comenzó su rutina: este tiene froma
de volcán y su color es marrón intensamentente oscuro, suave y pegajoso al
tacto. En la cima tiene una pequeña nube blanca que se destruye apenas la tocas
y un gorrito rojo cual la bandera que indica que alguien ha llegado a su cima.
A su lado, unas redondas y muy planas galletas de color beige con trozos de
almendras que crujirían entre sus dientes mientras la suave masa se derretiría.
Los
ojos saltan directos a los chocolates: muchos colores, formas y olores. Los
sabe porque estos ya los ha probado todos. ¿Qué tal si hoy vamos por algo
diferente? Es la época de los mazapanes. Analiza lentamente formas y colores;
adivina olores. El vidrio le impide poner la sensible nariz cerca y jamás le
permitirían tocarlos. Debe escoger, escoger sólo uno y comprarlo. Los más
hermosos son las frutas, miles de frutas de diversos colores brillantes con un
palito de orégano y unas hojas de papel. Las ha probado antes, pero fue el año
pasado. De las de este año no sabe aún nada.
Entra
en la tienda y pide la pequeña pera amarailla-anaranjada, va a la caja, paga y
regresa por el preciado tesoro. En una pequeña cajita con el logotipo de la
tienda, lo depositan en su mano que se despliega ansiosa, delgada y blanca
enseñando la pequeña palma abierta como una flor que espera la caída del rocío.
Sale,
se sienta en un banco de
-
¡Hola, familia! Ya he llegado.
-
¡Hola, Consuelito! Estamos terminando de almorzar... ¿vienes?
-
No, mami, gracias. Antes de venir he pasado por el Mauri y he comprado algunas
cositas. Sabes lo golosa que soy. Te traje una perita de mazapán para que la
comas como postre. Tomaré un café contigo. ¿Está mi hermano?
-
Sí, ven. ¿Puedes traer la cafetera?
Se
sienta a la mesa junto a su madre y su hermano que la mira, como siempre, con
sospecha. Hace calor y su ropa es muy ancha y demasiada.
-
¿No tienes calor, Chelo?
-No.
Siempre preguntas los mismo. Soy friolenta, lo sabes.
Jordi
mira a su madre buscando un atisbo de entendimiento en sus ojos, pero ella no
ve nada.
Consuelo
sirve los tres cafés, dos de azúcar para Jordi, tres para la mamá y el de ella
negro. Así le gusta. Pone frente a su madre la cajita. Ella la abre, extrae la pera,
saca el palillo y las hojas. Apenas la mira. Dos mordiscos sonoros, crujientes.
Consuelo puedo oirla masticar, la mira y su expresión le produce una mezcla de
placer y asco.
-
¡Mmmmm es muy buena! Gracias, Chelito.
-
De nada, mamá.