Flavia
Está
allí, sentada en el banco de hace días
con el libro abierto sobre las piernas; el mismo banco y el mismo libro que le
ví antes. Es un libro muy grande, no parece una novela y ella se ve tan
sencilla y tan elegante a la vez. Su espalda tan recta, su ropa que parece
vieja, pero bien cuidada, la forma de sentarse un poco inclinada hacia la
derecha como buscando el pálido sol del otoño. Me siento en el banco del frente
con mi propio libro, pero no leo, levanto la vista sobre él y la observo...
está tan concentrada que ni me nota. Parece un libro escolar ¿puede ser? Tal
vez es profesora, tal vez tiene un hijo pequeño y prepara las lecciones para
ayudarle a estudiar. Creo que sí, decido que sí, es profesora porque lleva esos
lentes y el pelo recogido en un moño como las profesoras tradicionales. ¿Qué
edad tendrá? ¿Unos cuarenta y algo, cincuenta? Sí. No creo que tenga un hijo
pequeño.
Se
ha levantado y en un impulso de esos que mi ex marido odiaba me decido a
seguirla para ver si va hacia una escuela, para calmar la sed que tengo de
saber más sobre ella. Es cierto, mi ex tenía razón, es odioso este hábito de
contarme historias sobre cada persona o grupo que veo y mi afán por confirmarlo
o desmentirlo. Otra gente apuesta dinero en juegos de azar; yo apuesto conmigo
misma a conocer a la gente que se me cruza por la vida y tengo que saber si
gané o perdí: que esta, en el restorán, es una familia, pero él no es el padre
de los niños sino un nuevo compañero de ella... se lleva muy bien con el
pequeño, pero con la adolescente no tanto; estos dos chicos son extranjeros,
italianos me parece... que son pareja ¿o son hermanos? Siempre así, siempre
igual, curiosa, ladrona de intimidades y un día alguien me va a dar un
carterazo en la cabeza por estar mirando tanto donde no debiera. La estoy
siguiendo. Edelmira, que así se llama mi profesora, enseña matemáticas en una
escuela básica. Camina erguida, con pasos lentos, pero seguros; sabe a dónde va
y yo quiero saberlo.
Hemos
caminado sólo dos cuadras... ¡lotería! Sí va hacia una escuela, ¡gané!. Entra y
me acerco sigilosa para saber si hace clases en secundaria o primaria, pero no;
es una escuela de alfabetización para aultos, entonces me cuento otra historia:
es analfabeta tiene una hija de unos 20 años que estudia en la universidad y le
habla sobre lo que aprende; lee novelas y comparte con ella las tramas. La ha
llenado de curiosidad y Edelmira, mientras friega los platos en casas ajenas,
quiere aprender a volar como ella.
Mientras pasa la fregona recuerda las últimas aventuras de la chica que
quería ser escritora y que, por fin, podrá visitar a su modelo. No sabe más, su
hija no ha seguido leyendo porque está en época de exámenes y ella quiere
saber, necesita saber... si pudiera leer.... No le interesa tener la enseñansa básica
completa, a su edad -se dice- de qué le serviría, pero quiere volar, quiere
conocer otros mundos y otras vidas como hace su hija con los libros. El
periódico, lo que ocurre en el mundo “real”, le da igual. Bastante tiene con su
mundo para saber de más desgracias. Ella sabe lo que pasa en su barrio y con
eso le vale, pero ese espacio de sueños, de penas, alegrías, dificultades que
nunca exisitieron de verdad, pero que siempre existen en alguna parte... Ese
mundo, le seduce sin piedad.
Ya
no sale y no tengo como saber si he gando o perdido. No me importa, también yo
he construido un mundo que no existe de verdad, pero existe en alguna parte, en
tantas partes, tantas mujeres alfebetizándose para poder volar. He ganado,
claro que hoy he ganado y Edelmira, todas las Edelmiras me las llevo conmigo
ensanchándome el corazón.