(Este
cuento breve ha surgido de explicar a una escritora triste que esta no
escritora se siente una mujer feliz. Quise jugar con sonidos y con la ausencia
de marcadores gramaticales de género –excepto cuando se podían usar los de
ambos- para evitar el genérico masculino. También jugué con mi propio nombre)
La mujer que Felicidad soñó
Flavia Limone Reina
En la casa de los
sentimientos no hay mucho silencio, todo es desorden y alteración, aunque existen
sitios que habitan Paz, Tranquilidad, Quietud y sus hermanas. Felicidad paseaba
por las bulliciosas salas y se divertía, aunque evitaba ciertos espacios que la
alteraban. Andando por los vericuetos de la casa, fue a dar un día a uno de
estos salones tranquilos. Disfrutó el silencio y, sin darse cuenta, se durmió.
Su sueño duró varios años mortales, lo que dura una vida humana, y mientras
descansaba soñó una mujer: una mujer normal, de belleza normal, inteligencia
normal, aspiraciones normales... en fin, nada especial. Sin embargo porque ella
era un sueño de Felicidad, y aunque no lo sabía, su madre sugirió un nombre con
F inicial; la llamaron “la de cabellos rubios”, aunque su pelo era negro como
el ébano. La familia no pudo resistirse al sonido del fonema fundador de
la felicidad que forjaba las facciones de su faz... ¡F.....!, dijeron
La mujer normal que Felicidad soñó, supo del sabor amargo, del aroma acre, de
la textura rugosa, de la visión horrible, del sonido agudo; probó todas las
mortales heridas pues, mortal era y, no obstante, obstinada y obtusa frente a
la punzada del dolor, no dejaba de sentirse una mujer feliz. Hubo quienes la
amaron por eso –por nada más porque, por el resto era “normal”- y hubo quienes
la odiaron por la misma razón. Ella amó, comprendió -¡qué mala costumbre
les parecía a muchas personas esa de siempre tener explicaciones para los actos
innobles de la gente!- y sí, se irritó y luchó, en especial cuando alguien con
poder atentaba contra la felicidad de otros seres más desvalidos.
Cuando F..... murió (cuando Felicidad despertó)
quienes la amaban la lloraron, como suele suceder; el resto del mundo, por
supuesto, ni se enteró. La cremaron y, como ella quería, con sus cenizas y
con tierra, dieron vida a una semilla de limón que creció hasta formar un
árbol fuerte y grande donde los niños y las niñas que juegan, se ríen. Se ríen
aún si se arañan con sus espinas y sangran –lloran, sus madres besan la
herida y vuelven a subir al árbol, felices-. Quienes comen sus frutos dicen que
el sabor agridulce de la pulpa y el jugo les obliga a
hacer una mueca similar a una sonrisa. Sus normales y corrientes descendientes
la extrañan a veces, pero tienen que reconocer que la felicidad –una vez
despierta- se ha prodigado por más sitios y en más personas que cuando dormía
soñando sólo una mujer normal.