Orientación del deseo sexual. Las múltiples caras del deseo.

3ª sesión de profundización sobre términos centrales para la comprensión de la sexualidad humana (en SL)

 

 

¡Hola! Comenzamos la tercera y última charla de profundización; la cuarta de esta serie que se abrió con la introducción de los elementos del S.s/g patriarcal.

 

Antes de empezar, quiero recordar que he estado entregando notecards al finalizar cada charla, por tanto, si alguien no las tiene y quiere tenerlas, sólo hará falta que me lo pida cuando terminemos y os entregue esta última.

 

Bueno pues, hoy nos centramos en el deseo sexual, probablemente el más debatido y reflexionado de los temas de esta serie de charlitas. Sobre sexos y géneros suelen “dar vueltas” diferentes tipos de “especialistas”, aunque nos atañen a todas y todos los seres humanos y, como hemos visto, son temas accesibles e interesantes para cualquiera. ¿Por qué? Porque, somos l@s lícit@s dueñ@s de esas reflexiones y decisiones; nada más ni nada menos que nuestros propios cuerpos y psiques se juegan en esos debates y en la formulación de las normas que institucionalizan; tod@s tenemos algo que decir. Con el deseo sexual, en cambio, por alguna razón nadie siente que tenga que se especialista para pensar, debatir y opinar, como debiera ser con todos los elementos del sistema.

 

Haremos como en las ocasiones anteriores, revisaremos lo que el s.s/g propone/impone sobre el deseo sexual y pondremos esos asuntos en cuestión y debate.

 

Desde la cultura patriarcal en la que vivimos y que ya hemos visto que divide el mundo humano en sólo dos posibilidades polares, complementarias y jerárquicas, las de ser macho o hembra y, consecuentemente, supone el sistema, masculino o femenino, el deseo sexual sólo tiene una forma reconocida como válida y “normal”: el deseo heterosexual. Has de ser hombre y desear mujeres y, aquí vienen elementos de los analizados anteriormente, has de ser mujer y desear, pero sobre todo amar, hombres… e idealmente un hombre.

 

El deseo de los machos de la especie se supone mucho más potente que el de las hembras (fíjense que refiero al sexo; también se supone más promiscuidad y deseo entre hombres homosexuales que entre mujeres lesbianas, aunque aquí hay mucho para pensar y hablar; el imaginario sobre la homosexualidad está lleno de mitos y falacias). A las mujeres se nos supone emocionales, afectivas… nos mueve el amor y de allí se desencadena el deseo. Con los hombres, el supuesto se hace el revés: ellos desean y a través del deseo pueden llegar a amar. Seguramente ya much@s de vosotr@s estáis pensando en lo absurdo de esta presuposición; otr@s, tendréis la impresión de que es verdadera. Esto último no es extraño. Si crecemos pensando y sintiendo que esto es lo adecuado aprendemos a experimentar de manera coherente. Aún así, ya hablamos antes de Butler y de su teoría de la perfomatividad, habrá quienes se atrevan a explorar otras formas de sentir, que sean subversiv@s y descubran, por ejemplo, que siendo hombres quieren el compromiso amoroso de sentir los afectos involucrados antes de que despierte su deseo por una persona en particular y siendo mujeres, podemos desear aunque tengamos clarísimo que quién estamos deseando no es alguien a quién podamos ni queramos llegar a amar. Además de esto, obviamente, habremos descubierto que, si nos lo permitimos, a veces ocurre una cosa primero que la otra, a veces a revés, a veces las dos juntas… incluso en una misma persona mientras está en relación con una misma otra. En pareja estable, con el mismo compañero, la misma compañera, a veces “se hace el amor”; a veces “se folla”.

 

Menos mal, las cosas van cambiando, la gente se permite cada vez más hacerse preguntas, encontrar sus propias respuestas, reivindicarlas como un derecho y promoverlas como posibilidad. De aquellas pobres mujeres victorianas que, muchas de ellas, sin saber cómo ni por qué sentían placer sexual y temiendo ser anormales e impuras luchaban entre su deseo de volver a disfrutarlo y su temor a estar convirtiéndose en depravadas, hemos llegado hasta hoy en que las mujeres son cada vez más dueñas de sus sensaciones y de sus cuerpos. No está todo conseguido; lo crean o no, yo misma recibo aún hoy mails de chicas, jóvenes, preguntando extrañadas “¿soy normal?” (la pregunta que leo y escucho con más frecuencia, seguro). Sin embargo, no es raro encontrar hombres bastante descolados con estos cambios y con la capacidad deseante de las mujeres.

 

Como siempre, los seres humanos somos mucho más diversos entre nosotr@s e, incluso, dentro de nosotr@s mism@s en diferentes momentos de nuestras vidas de lo que se nos ha intentado hacer creer, así que habrá tanta variedad personal como personas y no dos variedades posibles sólo como hombre o mujer y, definitivamente, no es justo que se nos haga sentir “anormales” por nuestra variedad particular.

 

¿Son todas las formas de deseo imaginables sanas y aceptables? Entremos en esto, primero, pensando y enumerando junt@s formas de deseo sexual que hayáis visto, oído o conozcáis de algún modo; desde lo más estandar hasta aquello que os parece más extraño. ¿Sí?

 

Empiezo yo formulando la que encaja en el sistema:

 

-         cuando lo que provoca deseo sexual es una persona del sexo opuesto al propio…

 

Bien, resumo algunas.  Por ejemplo: cuando el deseo lo desencadena alguien del propio sexo, cuando lo que lo estimula es la idea de estar al mismo tiempo con más de una persona, cuando se desea a animales, niñ@s, cadáveres; cuando el deseo surge de prácticas no sancionadas como eróticas en nuestras culturas: defecar, orinar, usar pañales, provocar dolor o recibirlo, transvestirse.

 

Pues bien, recordad que hablamos del deseo sexual, no del comportamiento sexual y la distinción es importante. Cualquier forma de deseo sexual es aceptable, como cualquier emoción. Sin embargo, no cualquier conducta sexual es aceptable ni tampoco cualquier conducta como manifestación de la emoción que sentimos. No hay “emociones malas”; no es “mala” la rabia, por poner un ejemplo. Lo malo es: uno, no preguntarse porqué sentimos lo que sentimos, qué dice eso de nuestra historia, nuestras necesidades, nuestros miedos, nuestras formas de obtener gratificación, etc. y dos: actuar sin considerar nuestro propio bienestar más allá del alivio inmediato de lo que sentimos y el bienestar de l@s demás. Cuando la comprendemos, la emoción sigue estando allí, pero entendiéndola y actuando con autorrespeto y respeto a otr@s, puede ser muy útil, tanto más que una emoción gratificante. Por ejemplo, entender que la rabia viene de sentirse obligad@ a mirar hacia algo que no me gusta de mí, que lo que me enfurece es que el/la otr@ ha señalado algo de mí que no me gusta y no quiero aceptar que tengo puede ser el camino perfecto para empezar a acercarse a observarlo y puede darnos la fuerza para modificarlo: “no quiero ver eso en mí; lo cambiaré” o bien, puede servir para descubrir que eso que otr@s consideran “feo” en mí y que yo estaba aceptando como tal, aunque negándolo en mi propia existencia, es algo que valoro, que no hace daño y que quiero defender y llevar casi como bandera.

 

Pues bien, igual ocurre con esas formas de deseo sexual que se consideran anómalas. Una cosa es sentirlas y que alimenten nuestro deseo, que muevan nuestra energía vital (la líbido) y otra es convertirlas en comportamiento sin haber evaluado si me hacen bien y se hacen bien a l@s demás involucrados en el acto sexual.

 

Estamos entrando de lleno en el terreno de lo que en sexología se llama “parafilias”, es decir, comportamientos sexuales considerados al margen de lo estadísticamente normal (y no necesariamente patológicos como suele creerse).  Dado que lo que se considera normal en términos estadísticos (lo más frecuente en una determinada población) y normativos (lo que la cultura a la que pertenecemos marca como aceptable) suelen reforzarse, aquello que se considera parafilia va cambiando con el paso del tiempo. Por ejemplo, hasta hace algunos años, la masturbación o la homosexualidad se consideraban prácticas parafílicas. Hoy, poca gente se atreve a afirmar algo así (aunque l@s hay, ya habéis leído y escuchado a Aquilino Polaino hace unos años en el Congreso quienes sois españoles o vivís en España). Sobre todo porque el DSM IV (el libro gordo de Petete en psicopatologías) no las considera como tales.

 

¿Entonces qué tipo de deseo sexual se podría considerar patológico o motivo de inquietud y consulta?

 

Ninguna forma de deseo sexual debiera considerarse inadecuada, aunque algunas de ellas sean una excelente motivación para hacer un proceso de autoconocimiento y exploración si quién la vive se siente incomodad@ por ella o si incomoda a las personas con que se relaciona sexualmente.

 

Pero hay otra pregunta, ¿Qué tipo de comportamiento, no deseo, sino su consecuente comportamiento podría considerarse parafilia patológica?

 

Para que una conducta sexual sea considerada parafilia ha de reunir las siguientes características:

 

-         Se trata de un acto estadísticamente anómalo que es la única manera en que la persona en cuestión consigue obtener placer sexual. Es decir, mina su variedad de conducta sexual.

-         El que esta actividad sea la única manera de obtener placer sexual no se relaciona con las características contextuales (por ejemplo, que un pastor aislado por meses de otros seres humanos tenga actividad sexual con ovejas –que además no parezcan sufrir por ello, claro- y que retome una sexualidad “normalizada” cuando vuelve a su pueblo, no se consideraría patológico)

-         Que la actividad sexual interfiera con su capacidad de estar intengrad@ socialmente: disminuye su capacidad de ser eficiente, eficaz y feliz. Es decir, altera su vida labora, familiar, de pareja, familiar, etc.

-         Que vulnere la voluntad de otr@s participantes en la actividad sexual.

 

 O más bien, en positivo, ¿qué características ha de tener un acto sexual para ser considerado aceptable y sano? Os respondo con una una autocita (es un trocito que está en mi web: www.sexoygenero.org)

El encuentro sexual ha de realizarse por deseo personal y en coherencia con los propios valores (que no prejuicios). Requiere respeto por un@ mismo y por l@(s) demás involucrad@s y debe ser libremente consentido por cada quien que puede, además, poner fin a su participación cuando así lo desee. Esto último viene a decir que el sexo con alguien que no puede manifestar su disconformidad o que muestra que no desea practicar la conducta sexual en cuestión no es, simplemente, un acto sexual, es un acto de violencia. Y es un acto violento sea que se use o no la fuerza física para concretarlo.

 Si bien muchas conductas sexuales que hoy se consideran parafilias (deseo anómalo), muy probablemente dejarán de considerarse así con el paso del tiempo y el aumento del respeto por la diversidad personal (si se trata de esto, de elección y no de limitación incontrolada) lo que no podrá nunca ser considerado aceptable es la trasgresión de este criterio antes mencionado.

Hasta aquí llego yo por hoy y para poner fin a esta serie de charlas, abrimos las preguntas y el debate.

 

Recordad que podéis manteros al tanto de lo que se hace en MAX uniéndoos al grupo a través de los carteles que hay aquí mismo para ello. También podéis uniros  a De-generad@s para reflexionar y actuar en cuestiones de género, sexualidad y afectividad, buscándolo en el buscador por grupos y haciéndoos parte de él. ¡Ah! y también podéis votar por  MAX para que suba en el buscador.

 

¡Gracias y hasta alguna otra actividad en que volvamos a encontrarnos!